Lo que en el Mundial de Brasil 2014 comenzó como una medida de salud laboral excepcional, arrancada a la FIFA en los tribunales para proteger a los futbolistas bajo temperaturas extremas, se ha transformado de cara al Mundial 2026 en una norma fija y automatizada.
La FIFA ha decretado paradas de tres minutos en el minuto 22 de cada tiempo, independientemente del clima.
Esta decisión, secundada por la Conmebol en la Copa Libertadores y Sudamericana con pausas de 90 segundos, rompe con la tradición bicentenaria de dos tiempos de 45 minutos para dar paso, en la práctica, a cuatro cuartos.
El fútbol de ahora: así se jugará
Bajo la narrativa del «bienestar del jugador», subyace un poderoso factor económico: la predictibilidad televisiva. Al fijar estas paradas, los organismos abren una lucrativa ventana publicitaria de más de dos minutos.
Las cadenas pueden emitir anuncios o recurrir a pantallas divididas con patrocinadores oficiales, optimizando la monetización de unos derechos televisivos cada vez más costosos.
¿Se altera la dinámica?
Más allá del negocio, el impacto deportivo es rotundo. Estas pausas se han convertido en auténticos «tiempos muertos» de baloncesto. Los entrenadores ya las aprovechan para corregir tácticas in situ y cambiar dinámicas adversas, como demostró Xabi Alonso con el Real Madrid el verano pasado.
Aunque figuras como el seleccionador francés Didier Deschamps critican que estos parones rompen el ritmo natural y alteran la esencia del juego, la comercialización anticipada y la utilidad táctica parecen haber ganado la partida.
El Mundial de 2026 funcionará como el gran laboratorio de un deporte que ya no solo pertenece a los aficionados, sino también a las marcas y a las pizarras de los técnicos.
Información de El País / Redacción Goal Line
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